banner inquietudes populares
InicioTradicionesLenguajeHistoriaOficiosFotografíasEnlacesAutorContacto


A través de este enlace, cuantos sientan interés o curiosidad por las páginas que conforman el documento "Libro Becerro", podrán hacer uso de la totalidad de las mismas convenientemente. Una vez más el tesoro de la cultura se pone al libre alcance de todos.

Descarga "Libro Becerro"

 
       
 

Genéricamente reciben tal nombre aquellos libros, cuyas cubiertas, a la hora de encuadernarlos, proceden de la piel de un becerro cuidadosamente curtida.

  

            La semejanza de estos ejemplares en sus formas externas, a pesar de hallarse diseminados por los más diversos y lejanos lugares, se les conoce por el mismo nombre. El contenido de todos ellos responde a temas específicos de la zona y, no cabe duda, que encierran un enorme valor social, cultural e histórico.

  

            Concretamente el Libro Becerro de San Leonardo consta de cincuenta y ocho páginas manuscritas con letra redondilla y con la guía de un pautado que marca la interlínea. Como distinción y adorno, el copista nos deleita introduciendo en el texto letras capitales en algunos comienzos de párrafo y, otras veces, en líneas o parte de ellas, utiliza cuerpos mayores a los de la narrativa.

  

            La esencia del documento se fundamenta en la exposición literal de una ejecutoria o resolución al pleito habido entre San Leonardo, villa y tierra, y el señor Don Juan Manrique de Lara.

  

            Como dato aclaratorio comentar que la expresión San Leonardo, villa y tierra responde al concejo formado por San Leonardo, villa, y sus aldeas: Arganza, Casarejos, Vadillo y Navaleno. La otra parte Don Juan Manrique de Lara, el nuevo señor, quien fundara un mayorazgo y construyera un suntuoso castillo-palacio abaluartado con el permiso del rey Don Felipe II en el año 1562. Hasta este momento los destinos del Concejo de San Leonardo, temporal y espiritualmente, habían dependido del monasterio de San Pedro de Arlanza.

  

            Al abrir el viejo Libro Becerro, nada más levantar su recia tapa de piel de bovino, nos encontramos con una página, a todo color, una verdadera joya. Toda una filigrana que rezuma esplendor. En la parte superior la D, de Dominus, envuelve las simbologías de las posesiones nacionales y las de ultramar. El texto central describe con todo detalle, uno a uno, todos los títulos que en esa fecha tenía el rey Don Felipe II. Una autentica página regia.

  

            Aparte de las cenefas florales de los laterales, que en su centro representan una especie de botón a modo de gema, tiene dos motivos notables: el escudo real de la esquina superior izquierda, lleno de detalles y de gran belleza plástica, y la cenefa inferior, también floral, cuyo motivo central representa una miniatura del santo patrón del pueblo, San Leonardo, que en nada tiene que envidiar a las de los mejores códices.

  

            A derecha e izquierda de la imagen del santo se leen las palabras «SANT LEONARDE». No debe de extrañar esta leyenda, que parece estar escrita en francés, debido al origen galo del santo. A lo largo de toda la Edad Media se cita a San Leonardo de esta manera, incluso en la inscripción del altar mayor de la iglesia.  

 

  

            El litigio se inicia el 10 de agosto de 1563.

 

            Comparecieron los vecinos Juan de Leonarde, Juan de Benito y Andrés Ortoso, como representantes y procuradores generales de los vecinos y Consejo de la villa y aldeas, anteriormente mencionadas, ante el alcalde mayor Francisco Sánchez puesto por Don Juan Manrique de Lara y le hicieron requerimiento diciéndole que «anteriormente le habían hecho otro requerimiento» para que «no se entrometiese» en la jurisdicción civil y criminal que la dicha villa y sus aldeas habían tenido, usado y guardado desde tiempo inmemorial y que, a pesar de tal requerimiento, dicho alcalde mayor seguía conociendo en asuntos que correspondían a la jurisdicción de los alcaldes ordinarios, le pedían nuevamente, en nombre de la parte que representaban, «que no se entrometiese en el conocimiento de la dicha primera instancia en la jurisdicción civil y criminal que dicha villa y sus aldeas tenían desde tiempo inmemorial».

  

            El alcalde mayor se dio por enterado del requerimiento. Y en 26 de septiembre del mismo año, Juan de Leonarde, procurador general de la villa, presenta ante el mismo alcalde mayor otro requerimiento (podemos llamarlo requerimiento número tres) en el que se pide nuevamente lo mismo que en los anteriores y se alega que: «los abades del monasterio de San Pedro de Arlanza, señores que habían sido de la dicha villa, ni por sus personas ni por sus alcaldes mayores ni por otra persona alguna, nunca se habían entrometido ni pudieron entrometer a conoscer en primera instancia ni en el gobierno de dicha villa, sino que como dicho lo tenía, privativamente lo habían hecho e facían los alcaldes ordinarios de la dicha villa e regidores e oficiales», y que dicha costumbre había sido confirmada por don Juan Manrique de Lara al tomar posesión de la villa, el cual, además, había entonces jurado hacerla guardar. Por ello pedían se  repudiase y anulase lo actuado por el alcalde mayor y se remitiese a la justicia y regimiento de la villa, que es a quien corresponde conocer de todo ello en primera instancia. Y anunciaban, que de no hacerlo así, se quejarían ante don Juan Manrique de Lara y ante quien de derecho hubiese, del agravio y fuerza notoria que a sus representados les hacía el dicho alcalde mayor.

  

            A partir de este punto ya empiezan a aparecer en el pleito cuestiones relativas a los aprovechamientos de los montes.

  

           En marzo de 1564, el licenciado Pérez de Nájera, en nombre de don Juan Manrique de Lara, requiere a los alcaldes ordinarios de San Leonardo para que a dicho señor se le den  la vecindad y aprovechamientos que por el señorío le corresponden y que, según dicen, son en cantidad doble que a cualquier vecino. Y dice que sabiendo que habían sido repartido a los vecinos «sendos pinos con carga de un real, y como al dicho don Juan, por razón de dicha vecindad le competían doblados, deposita en su nombre, en el escribano Pero Gómez de Valdivielso, dos reales».

  

            Respondiendo a ésto, los procuradores de la villa requirieron del alcalde mayor que «no se entrometiera en cortar ni cortare en los términos de dicha villa ni en ninguna parte de ellos ningún género de pino por razón de las vecindades que pedía».

 

            Insistió el alcalde mayor en lo que creía su derecho, e insistieron los ordinarios en su negativa. Envió el alcalde mayor dos cuadrillas a cortar los pinos y reclamaron contra eso los concejos, alegando que los abades de San Pedro de Arlanza, en cuyos derechos se había subrogado don Juan Manrique, no habían ejercido jurisdicción en primera instancia y por eso éste no debía tampoco ejercerla, y añadían que los «términos, montes e pastos e hexidos e abrevaderos eran propios del dicho concejo su parte y en alguna manera dote de la villa e sus aldeas y el aprovechamiento dellos conforme a la ley de la partida de los vecinos y moradores de dicha villa e sus aldeas» y que únicamente si don Juan residiere en la villa se le debería vecindad. Asimismo pedían que el alcalde mayor les restituyese los pinos y robles que había cortado.

  

            Traslados, alegaciones, réplicas del pleito nos llevan a los puntos salientes y a las sentencias dictadas por la Audiencia de Valladolid.

  

            Así el alcalde mayor comparece en 15 de mayo de 1564 ante escribano diciendo que puesto que «...por leyes y premáticas destos reinos está proveido y mandado que por ningunos concejos ni justicias se pueda hacer ni haga ningún repartimiento que exceda de tres mil maravedís so graves penas y que a su noticia era venido... que los alcaldes y regidores della (de la villa) han hecho repartimiento de dineros cargando a cada vecino a dos reales so título de repartimiento de pinos en fraude de dichas leyes y premáticas... no hagan ni permitan hacer el dicho repartimiento... y, si pinos quisieren repartir, los repartan libremente sin cargar a ningún vecino...». A ello respondieron los concejos que dicho alcalde mayor no podía «...prohibir ni mandar a sus partes que no cargasen a cada vecino lo que les paresciese por las suertes que les daban en los dichos pinares. Lo uno porque aquello se cargaba para necesidades del concejo por no tener como no tenían propios algunos, lo otro porque cargar a los dichos vecinos lo que les paresciese moderadamente por las dichas suertes era cosa que se había usado e acostumbrado en la dicha villa de tiempo inmemorial...».

 

            En otra de las réplicas de don Juan, éste manifiesta que él no puede residir en San Leonardo, porque sus oficios y cargos en la corte se lo impiden (según se consigna en la ejecutoria, era «mayordomo de la reina, hermana de Felipe II»). Aunque no dice de cuales de las dos hermanas de Felipe II, doña María o Doña Juana; el denominarla «reina» indica, sin duda, que se trata de doña Juana, puesto que en esa época, ya viuda del príncipe don Juan Manuel de Portugal gobernaba España por ausencia de Felipe II, ejerciendo tal mandato desde mayo de 1554 hasta el año 1559. Añade que tiene criados y casa abierta en San Leonardo y que por ello debe considerársele cono vecino. Y a ello contesta el concejo diciendo que si tiene oficios en la Corte será por su conveniencia y por ello tendrá utilidades, por lo cual no debe pretender también las de la vecindad.

   

            Siguen todavía múltiples incidencias y alegaciones de ambas partes hasta que, por fín, en 4 de septiembre de 1565, la Real Audiencia de Valladolid dictó la sentencia siguiente:

  

            «EN EL PLEITO que es entre el concejo y justicia regidores e vecinos de la villa de San Leonardo y lugares de su tierra e Pedro de Salazar su procurador de la una parte y don Juan Manrique de Lara cuya diz que es la dicha villa e tierra e Juan de Angulo su procurador de la otra = FALLAMOS que la parte de la dicha villa de San Leonardo y su tierra probó su petición y demanda en lo que de suyo se ha minción, pronunciamos la quanto a ello por probada. E que el dicho don Juan Manrique no probó quanto a ello sus exebciones, pronunciamos las por no probadas. Por ende en quanto al quarto capítulo de la dicha demanda en que la dicha villae tierra se quexan que el alcalde mayor puesto por el dicho don Juan les prohibe y veda que no carguen a los vecinos de la dicha tierra e villa lo que les paresciere por la suerte que dan en los pinares de la dicha villa e tierra; debemos condenar y condenamos al dicho don Juan Manrique de Lara y sus subcesores a que no prohiban al concejo de la dicha villa de San Leonardo y su tierra el hacer de los dichos repartimientos los cuales declaramos poder hacer entre los vecinos de la dicha villa e tierra según y como hasta aquí lo han acostumbrado a hacer como que por los pinos que ansi se dieren de repartimiento se de el precio que fuere justo y moderado y los dichos pinos sean para aprovechamiento y reparos de las casas de los vecinos de la dicha villa e tierra y no para poder vender ni trocar ni cambiar y los maravedís que se hicieren de los dichos pinos de los dichos repartimientos, mandamos se echen en el arca común del concejo de villa e tierra para que de allí se gasten como se gasten los otros bienes propios de dicho concejo y mandamos que la corta de dichos pinos se haga conforme a las leyes e premáticas destos regnos y en todo lo demás pedido e demandado por parte de la dicha villa de San Leonardo y su tierra al dicho Juan Manrique de Lara, la dicha villa e tierra no probó su petición e demanda pronunciámosla por no probada y el dicho don Juan probó sus exebciones y pronunciamoslas por probadas. Por ende debemos absolver y absolvemos al dicho don Juan Manrique y sus subcesores de la demanda y pedimos contra él por parte de la dicha villa e tierra hechos, y le damos por libre e quito de ello y ponemos perpetuo silencio a la dicha villa e tierra para que sobrello no puedan pedir ni demandar más cosa alguna en tiempo alguno ni por alguna manera; y en cuanto al capítulo de aprovechamiento de los pastos y términos y lo sobrello por dichas partes pedido, lo remetimos a otra sala y no hacemos condenación de costas y por esta nuestra sentencia definitiva ansí lo pronunciamos e mandamos el licenciado Vargas, el licenciado Diego Gasca de Salazar, el licenciado Alonso Martínez Esparedo».

 

            Dictada esta sentencia, por parte del concejo y vecinos de San Leonardo, representados por don Pedro de Salazar, se presenta una súplica ante el presidente e oidores en la que dicen conformarse con lo que de la sentencia sea en favor de sus representados, pero que en lo que podía ser en su perjuicio, suplica se rectificase. Entre otras cosas piden que por lo que se refiere al repartimiento de pinos se considere a la villa y aldeas en el mismo orden y forma «que lo tenían pedido y probado haber tenido dello costumbre inmemorial que había sido y repartir los dichos pinos entre los vecinos de la dicha villa e tierra todas las veces que habían querido y por bien habían tenido con una moderada tasación dándoselos así para el sitio de sus casas como para vender y trocar y hacer dellos lo que habían querido e por bien habían tenido». Y alegaban que dicho uso y posesión estaban fundados en «muy justa razón que era la esterilidad de la dicha tierra que era de tal condición que no se podía labrar, ni sembrar, ni cultivar ni rescibir della aprovechamiento con que los dichos sus partes pudiesen pasar ni sustentarse sino era con el trato de la dicha madera, por manera que era cosa cierta e cesar aquél  y ponérseles perpetuo silencio como por la dicha sentencia se les ponía para no poder tratar en ella y le sería nescesaria despoblar la tierra, irse a otras partes, pues los bienes y propios comunes como eran los dichos pinares se hallaron y criaron instituyeron para remedio de las universidades y sustentación dellas no podía servir de su oficio más propiamente en cosa alguna que en lo que habían hecho y hacían de sustentar con el trato della la dicha villa e tierra».

 

            De ello el presidente da traslado a la otra parte, cruzándose a este propósito alegaciones diversas, hasta que en 23 de octubre de 1565, se dicta la sentencia siguiente:

  

            «EN EL PLEITO que es entre el concejo, justicia e regidores o vecinos de la villa de San Leonardo y lugares de su tierra y Pedro de Salazar su procurador de una parte. Y don Juan Manrique de Lara cuya diz que es la dicha villa e tierra e Juan de Angulo su procurador de la otra sobre el capítulo remetido del aprovechamiento de los pastos y términos de la dicha villa e tierra. Fallamos atentos los autos  y méritos del proceso desde dicho pleito y los pedimentos hechos por las dichas partes que debemos absolver y absolvemos al dicho don Juan Manrique de Lara de pedimiento contra el hecho por parte de la dicha villa de San Leonardo y su tierra en que piden sea condenado a que él ni su alcalde mayor ni sus sucesores ni fatores no cortasen ni aprovechasen de los montes de la dicha villa e lugares de su tierra ni tuviesen aprovechamiento alguno en los términos y montes della e le damos por libre e quito del y ponemos perpetuo silencio a la dicha villa e tierra para que sobrello no le puedan pedir ni demandar más cosa alguna. Y mandamos que el dicho don Juan Manrique de Lara y los que después del suscedieren en el señorío o la dicha villa e tierra pueda aprovecharse de los dichos términos montes y pinares de la dicha villa e tierra ansí en pasto como en corta y en los demás aprovechamientos de los dichos montes, términos y pinares como dos vecinos de la dicha villa de San Leonardo sin que en ello la dicha villa de San Leonardo y su tierra les ponga impedimiento alguno y no hacemos condenación de costas y por esta nuestra sentencia definitiva ansí lo pronunciamos y mandamos  el doctor Redin, doctor don Hernando de Montenegro, el doctor don Iñigo de Cárdenas, el licenciado Alonso Martínez Esparedo, el licenciado Vargas».

 

            Contra esta sentencia presenta súplica el representante de San Leonardo, pidiendo se revoque la concesión de aprovechamientos a don Juan Manrique, puesto que «por leyes destos nuestros reynos estaba ordenado y dispuesto el gozo y aprovechamiento de los términos y bienes propios y concejiles de cualquier villa e lugar, pertenescer tan solamente a los moradores e residentes en ella, y contra voluntad de los tales no tener que ver en ellos los que de fuera dellas venieren e residieren»; porque «era cosa muy fundada en razón e justicia que solamente gozasen de los bienes públicos y concejiles los que con la residencia que en ellos hacían llevaban la carga y peso de la gobernación e otros oficios de la tal república, villa o ciudad» y además porque, «aunque residieran en dicha villa de San Leonardo se tenía por cosa exhorbitante que pudiese gozar como dos vecinos».

 

     

  

            No se alegó nada en contra de ésto por don Juan Manrique de Lara y se recibieron las partes a prueba. Entre los documentos entonces presentados es interesante para la historia de la pertenencia del monte uno de los aportados por don Juan Manrique consistente en «una escriptura de troque y cambio hecha por el rey don Alonso en Nono, nuestro antecesor , con el monasterio de San Pedro de Arlanza de los lugares del Burgo de San Leonardo contenidos y declarados en la dicha escriptura que el dicho rey le dio en trueque con sus términos e con todo lo que él en ellos tenía sin reservar para sí cosa alguna en ellos, por San Román de Villaverde con su iglesia e por otros lugares e bienes en la dicha escriptura expresados que el dicho monasterio le dio cuya data era en la era de mil e doscientos cincuenta y uno, que estaba escrito en pergamino e partida por a,b,c, e sellada con sello de cera pendiente en filos de seda y tiene un privilegio de confirmación  del rey don Alonso el Décimo y aprobación del dicho rey don Alonso el Nono, su bisabuelo, hizo con el dicho monasterio de San Pedro de Arlanza de los lugares de San Leonardo por otros contenidos todos en el dicho privilegio de confirmación y aprobación  del rey don Alonso, que estaba escrito en pergamino sellado con sello de plomo pendiente en filos de seda a colores, cuya data era en la era de mil e doscientos e noventa y dos».

 

 

            También es muy curiosa la trascripción de las escrituras originales hechas en latín en los folios 31 reverso, 32 anverso y reverso.

             

             En 1556, treinta de agosto, se dicta nueva sentencia sobre este asunto, en la cual se falla «...que don Juan Manrique y los que después dél subcedieren en el dicho señorio se puedan aprovechar e aprovechen de los dichos términos e pinares de la dicha villa e tierra como dos vecinos de la dicha villa de San Leonardo los que más aprovechamientos tuvieren en la dicha villa e tierra y no más sin que en ello la dicha villa de San Leonardo y su tierra les pongan impedimento alguno con que el dicho don Juan Manrique e sus subcesores tengan casa poblada en la dicha villa de San Leonardo» y que «los vecinos de la dicha villa de San Leonardo y lugares de su tierra pudiren cortar y cortasen pinos en los montes y pinares de la dicha villa e tierra, para el aprovechamiento e reparos de sus casas pagando por ellos el prescio que fuese justo y moderado y les fuese repartido por los tales pinos. En quanto a lo susodicho debemos mandar y mandamos que los vecinos de la dicha villa de San Leonardo y su tierra puedan cortar y corten libremente en los dichos pinares para los dichos aprovechamientos y reparos de las dichas sus casas sin que por razón dello sean obligados  a pagar cosa alguna y en lo demás dicho en el quarto capítulo contenido le debemos revocar y revocamos y haciendo justicia mandamos que los vecinos de la dicha villa de San Leonardo y su tierra puedan cortar y corten en los dichos pinares de la dicha villa de San Leonardo y lugares de su tierra para vender todos los pinos que quisieren y por bien tuvieren pagados los maravedís que les cupiere a pagar por los repartimientos según y como hasta aquí lo han hecho e acostumbrado a hacer y los tales maravedís que ansí les fueron repartidos mandamos se echen en el arca común de la dicha villa e tierra para que de allí se gasten e destribuyan como se gastan los otros propios  de la dicha villa e tierra. Con que en las cortas que ansí hicieren no sean obligados a guardar las leyes e premáticas de estos reignos. Y mandamos a que en el principio de cada un año el concejo de la dicha villa nombre dos personas las quales se junten con el alcalde mayor del dicho don Juan en así juntos declaren de la parte y lugar donde aquel año se ha de hacer la dicha corta».

 

            Posteriormente, el 24 de octubre de 1567, pidió Pedro de Salazar en nombre de la villa de San Leonardo que de lo que la anterior sentencia se refería a que los pinos que hubieran de aprovecharse se señalaran por dos personas elegidas por la villa y por el alcalde mayor, se modificase en el sentido de que en caso de discrepancia, se hiciera lo que determinasen dos de las tres indicadas personas. A ello se opuso don Juan Manrique alegando, entre otras razones, que si a ello se accediese, siempre se cortaría donde quisiera el concejo y añadía que de la sentencia se deducía que a quien competía el señalamiento era en realidad al alcalde mayor, reduciéndose el cometido de las otras dos personas a exponer su parecer, oído el cual, el alcalde mayor debía proceder al señalamiento. Añadía que esto era lo razonable, puesto que no tenia el alcalde mayor interés directo en el asunto, podía proceder con más independencia de miras en pro de la conservación del monte.

  

            En un primer acto se dicta razón en favor de don Juan Manrique y en un segundo dicha razón favorece a San Leonardo.

  

            Después, el 23 de julio de 1568, el procurador de San Leonardo comparece ante la Audiencia exponiendo que don Juan Manrique se niega a pagar las cantidades de maravedís que por el aprovechamiento de pinos se le reparte conforme a costumbre. Replica don Juan Manrique que nunca ha contribuido ni él ni sus antecesores con cantidad alguna. Y después de varios traslados, réplicas, etc., el primero de diciembre de 1568, la Audiencia falla que don Juan  Manrique debe pagar al concejo y vecinos lo que del repartimiento corresponda al aprovechamiento que como a dos vecinos ha de entregársele.

  

            Se siguen nuevas reclamaciones de don Juan Manrique diciendo no debe pagar, nuevas réplicas de la villa manteniendo la tesis contraria. Y, al final el primero de abril de 1569, la Audiencia confirma su fallo anterior en el sentido de que don Juan Manrique pague al concejo y vecinos de San Leonardo lo que del repartimiento corresponda a la doble suerte de pinos que recibe.

  

            Y con ello termina este pleito, del cual se mandó extender la ejecutoria que ha sido objeto de este estudio con las siguientes conclusiones:

  

            1º)       Todos los montes de la villa y aldeas formaban una sola propiedad comunal.

  

            2º)       El señorío de la villa y aldeas fue instituido por el rey Alfonso IX a favor del monasterio de San Pedro de Arlanza a trueque de ciertas propiedades que dicho monasterio cedió al rey.

  

            3º)       Desde tiempo inmemorial se ejecutaban aprovechamientos para reparto entre los vecinos y se gravaba a éstos con una cantidad determinada que ingresaba en arcas municipales, estado de cosas que respetaron las sentencias de la Audiencia de Valladolid.

  

            4º)       En dichas sentencia se confirmó el derecho del señorío a percibir de tales aprovechamientos un «lote doble».

  

            5º)       En las mismas se reguló el señalamiento de los aprovechamientos, encomendado su ejecución a una comisión integrada por el alcalde mayor, en representación del señorío, y los vecinos, en la de la villa y sus aldeas.

  

            6º)       A título de curiosidad puede señalarse que hubo época en que el reparto comprendió tan sólo un pino por vecino, aprovechamiento bien exiguo si se compara con los actuales.

  

            7º)       En la primera sentencia se estableció que los pinos repartidos no podían utilizarse sino para uso de los vecinos, es decir, que no los podían «vender, trocar ni cambiar», pero en las posteriores, se modificó tal criterio, admitiendo que pudieran hacerse objeto de venta, puesto que la tierra de los términos municipales por su pobreza y por la dureza del clima, no ofrecía medios de subsistencia para el vecindario.

  

            El desarrollo procesal y requerimiento en el pleito ante la audiencia de Valladolid, nos avoca, al menos para mí, a dos conclusiones esenciales: Destacar, de manera ejemplar,  el ecuánime y equilibrado procedimiento de la justicia. Y en otro aspecto, reconocer el valor de un pueblo que, fiel a sus costumbres y tradiciones, mantuvo sus compromisos y recurrió con pundonor ante cualquier evasión o entrometimiento.

 

 

 

 
 
Web diseñada por Carlos Rubio Condado